Terminamos el 2010 con mucho dolor. Doce meses han pasado y la herida crece. Se acumula el coraje recordando a quienes fueron asesinadas por luchar. Mientras el tiempo avanza, la justicia se aleja.
Marisela Escobedo Ortiz fue hasta el último aliento, una madre y abuela amorosa. Cayó peleando. Su dolor inició la tarde en que su hija Rubí de 16 años, madre de una pequeña bebé, no regresó al hogar. El asesino confeso Sergio Rafael Barraza Bocanegra, había abandonado su cadaver en un terreno baldío de ciudad Juárez donde semanas después condujo a la policía. Dolor transformado en esfuerzo por detener los feminicidios, Marisela enfrentó a las autoridades que protegen a los criminales feminicidas al grado de confundirse con ellos.
Junto con Lucha Castro defensora de derechos humanos y decenas de valientes mujeres, evidenciaron la pésima implantación del sistema penal acusatorio, que en teoría, busca ser más cercano, más humano. Demostraron que no servía de mucho cambiar la manera de juzgar, sino se cambiaba la manera de investigar.
A pesar de tener una confesión, los negligentes procedimientos de la fiscalía y los jueces que no se atrevieron a ordenar nuevas diligencias, permitieron al asesino la libertad. Esta ejemplar madre logró que el sistema reconociera su falla evidente y girara nueva orden de aprehensión, tiempo que Barraza aprovechó para huir y acogerse al manto protector del crimen y de las autoridades cómplices.
Marisela pidió hablar con Felipe Calderón quien nunca la recibió. Buscó al entonces procurador con el mismo resultado. Marchó con dignidad de Juárez a Chihuahua capital y con solo un puñado de quienes la apoyaban, inició un plantón frente a la puerta de palacio de gobierno, mismo lugar donde sus días termiaron. Una placa en ese lugar resguarda su memoria.
De un año para acá la familia Escobedo ha sido devastada. Su cuñado Manuel Monge fue asfixiado a unos días del asesinato de Marisela y su negocio quemado. Su hijo y pequeña nieta salieron huyendo del país. Un año sin ningún avance real en las investigaciones de los tres asesinatos. Dicen que el asesino de Rubí está oculto en Zacatecas lugar donde Marisela lo encontró por primera vez, pero ni los gobiernos de Chihuahua, ni el federal han logrado nada más que acumular papeles .
Cuando sube la presión, el Gobernador César Duarte da una declaración, tal y como lo anunciaron ayer al pretender acallar los reclamos de justicia “identificando” al asesino. Nada más conveniente para “resolver” un homicidio que un asesino ya muerto. Más las autoridades no explican cómo vinculan el arma al occiso.
A falta de justicia, este viernes Lucha Castro con las organizaciones ciudadanas, realizarán en Chihuahua un ‘Tribunal de conciencia’ para poner memoria sobre el olvido. Mecanismo similar al que han recurrido las madres y los padres de la guardería ABC ante la impunidad garantizada. Reflexión ética desde la ciudadanía.
Josefina Reyes, Don Polo Valenzuela, Nepomuceno Moreno y Marisela han sido asesinados por ejercer el amor hacia sus hijos. Por quereles, por buscarles, por no resignarse al olvido. Al contrario de lo que puede pensarse, no querían la muerte querían la vida y buscaban la justicia. Morir por amor en sentido literal.
Estos casos reflejan nítidamente la perversión del sistema de justicia mexicano, que garantiza libertad a los asesinos y la muerte para las víctimas. ’Esta lucha será muy larga’ fueron las únicas palabras que me dirigió. Mismas que oí de don Nepomuceno meses después. ¿Qué tan larga olvidé preguntarles?
Marisela nos toca seguir tú lucha pero nos hace falta tu coraje.
