Para que un personaje manifieste sus más excepcionales cualidades, hay que ver si su actuación está desprovista de todo egoísmo, si obedece a una generosidad sin par, si es del todo cierto que no abriga un afán de recompensa y que, por añadidura, he dejado una huella permanente sobre la tierra.
Jean Giono “El hombre que sembraba árboles”.
Para Daniel.
(Con cariño para Abi, Querendón, Sergio y Cruz que ayudaron a salvarla)
Ahora que florecen las jacarandas, escribo estos párrafos porque hay historias que merecen la pena ser contadas una y otra vez. Sin duda la historia de la jacaranda octogenaria que cruzó el centro de la ciudad de México, se encuentra entre ellas.
Al filo de las 12 del día del sábado 21 de julio de 2007, sonó mi celular. Era Daniel Gershenson quien alarmado pedía ayuda. Estaban derribando una hermosa Jacaranda de más de 80 años en un predio que había funcionado como jardín privado en las calles de Tamaulipas y Campeche, colonia Condesa. Días antes protestamos por la tala inmoderada de árboles urbanos en circuito interior, a la altura del metro Juanacatlán, todo, para que los automovilistas pudieran ver sin “obstáculos” los anuncios espectaculares.
Tras la manifestación Daniel me pidió que lo acompañara a ver la hermosa Jacaranda. No era tiempo de floración pero su hermosa copa abarcaba los 12 metros de aquel terreno y se erguía orgullosa sobre unos 4 o 5 árboles más pequeños. Me dio la impresión que nos protegía. Ahí los vecinos nos contaron de los inumerables recuerdos que ese jardín les traía. Entre ellos, el poeta uruguayo mexicano Juan Gelman. Juegos, risas, besos y no se que tantas travesuras, imaginé. Una mujer de unos 70 años comentó: “cuando yo era niña jugaba bajo la jacaranda que ya era grande”. Daniel y los vecinos habían realizado las gestiones necesarias para trasladar a esa campeona de la naturaleza a otro hogar donde pudiera seguir dándonos su belleza y servicios ambientales. Pero el dueño del predio se negaba. “Tengo el permiso y el predio es mío, la voy a quitar”, decía.
Aquel sábado me dirigí apurado a la colonia Condesa, habían iniciado la tala de sus ramas mayores con la intención de derribarla por completo. Algunos compañeros gritaban a los trabajadores desde el camellón, otros aventaban un poco de lodo con el objeto de impedir la criminal labor. Al intensificar nuestra protesta los trabajadores se negaron a continuar. Llegaron las patrullas y todo se tornó tenso. Acudiendo al llamado de las vecinas. Alfonso Suárez del Real, en ese entonces diputado, se unió a la negociación que tras tres horas concluyó con el acuerdo que podríamos sacar la Jacaranda a costo de la Asociación Al Alarbo. El plazo; un día y medio.
Los trabajos iniciaron de inmediato, toda la tarde y toda la noche. Se construyó el cepo alrededor de la giganta, se liberaron algunas raices y una enorme grúa la desterró de su lugar de nacimiento, entre aplausos de quienes estabamos ahí. No sería sencillo maniobrar sobre la estrecha vialidad. Finalmente fué colocada en una enorme plataforma, que a duras pensa pudo salir de la apretujada colonia Condesa.
Se cerraron varias vialidades Incluyendo Juan Escutia. Guardo para mi la cara de sorpresa de cientos de transeúntes que no daban crédito que una enorme Jacaranda se cruzara en su ordinario panorama. Ahí estaba Daniel ciudadándola durante el trayecto. La Jacaranda arribó al Jardín López Velarde, en la colonia Roma, donde un enorme cepo le daría la firmeza a su nuevo hogar.
Quienes criticaban la acción, decían que un árbol maduro como ese moriría en unos meses. Su primer año fué muy difícil.
En México no existe una cultura de respeto al árbol y menos del árbol urbano. Los árboles urbanos tienen un valor histórico y comunitario, nos recuerdan momentos de nuestro pasado y son en muchos casos centro de convivencia de comunidades. Su valor ambiental aunque demostrado es ignorado en casi todas las ciudades de nuestro país. Regulación del clima, producción de oxígeno, retención de particulas suspendidas, remoción activa de contaminantes, entre otras. En el Distrio Federal se les subordina a los anuncios espectaculares. Daniel Gershenson y Al Arbo han emprendido casi en solitario su defensa.
La Jacaranda sobrevivió, quizá sabía su importancia como baluarte en nuestra lucha por defender los árboles de esta ciudad, que decidió quedarse entre nosotros. Sus antiguos vecinos la han ido a visitar y colgarle moños con mensajes de cariño. Cada que las Jacarandas florean, me doy una vuelta al Jardín López Velarde. Ahí esta recordando, a quienes quieran enterarse, nuestro ancestral vínculo con los árboles monumentales.
Esta es, en resumen, la increíble historia de la Jacaranda que vivió para contarla.
http://www.alarbo.org/
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